Juanito
Juanito
Juanito observaba el hacha, era realmente una obra precisa, hermosa. El corte de la madera era perfecto, como si el árbol hubiese crecido con un solo propósito. El metal tenia alma, tenía voluntad y estaba libre de impurezas. Juanito la observaba complacido, como lo hacía todos los días. Su capacidad de deleitarse con la belleza del hacha no menguaba con el tiempo.
Llego su tío con un prisionero, lo llevó al patíbulo, lo amarro al palo central y lo dejo ahí. Cuando se retiraba miró a Juanito para decirle algo, pero lo vio absorto y no le dijo nada.
Luego de un par de minutos Juanito se puso de pie y se acercó al prisionero, primero ensayó el golpe con su mano en la base del cuello, luego tomó el hacha y termino con el asunto. Miró a los ojos al prisionero, le gustaba ver aquel último suspiro, buscaba algo en esos ojos que se apagaban, un secreto. Él pensaba que todos los hombres en el momento de la muerte pasan por lo mismo, algo pasa, algo mágico, algo que él quería descubrir.
La primera vez que vio apagarse los ojos de un hombre no fue porque quisiera hacerlo, fue a la fuerza. Un salvaje lo tomó por el pelo y lo forzó a ver como su padre moría. Su padre le dijo algo con los ojos, no podía hablar porque su garganta estaba cortada y su cabeza pendía de los nervios. Con lo último que le quedaba de vida intentó decirle algo a su hijo, con los ojos. Desde aquel día que Juanito no habla, solo observa su hacha y observa morir a los prisioneros, tratando de entender.
Cuando la vida del prisionero se apagó, un cóndor pasó volando. Juanito lo miró hasta que se perdió en los cerros. Pensó que aquel pájaro significaba algo, debía significar algo. Pensó que lo había visto antes... Tenía un recuerdo difuso, se sobresaltó. Sintió que debía apagar otra vida y fijarse de donde venía el cóndor, necesitaba otro prisionero. Fue a buscar a su tío, se paró frente a él y señalo la jaula de los prisioneros, con señas y empujones le dijo que le trajera uno.
- No hay más prisioneros, ese era el último. -dijo su tío- No hemos visto a más salvajes, creo que el trabajo ya está hecho. Esos hombres ya están todos muertos. Ya los has matado a todos.
Juanito sintió algo caliente subiendo por su cuerpo, se miró el pecho, tenía el hacha clavada. Enfrente tenía su padre que le decía -Hijo, tu puedes volar.

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